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Las aven­tu­ras y refle­xio­nes de un obeso con­de­nado siem­pre a ser el segundo plato

Las aven­tu­ras y refle­xio­nes de un obeso con­de­nado siem­pre a ser el segundo plato A veces da la impre­sión de que estar gordo es un pecado capi­tal: la moda impe­rante impone unas medi­das cer­ca­nas a la des­nu­tri­ción, las tien­das de ropa sólo ponen a la venta pren­das cuyas tallas se acer­can peli­gro­sa­mente a las infan­ti­les y en todo el mundo parece haberse puesto en mar­cha una cru­zada con­tra los kilos de más. Hay que ir al gim­na­sio, comer sano, apun­tarse a la ope­ra­ción bikini y pri­varse de los ali­men­tos más ape­ti­to­sos, o nos con­ver­ti­re­mos en per­so­nas obe­sas con­de­na­das a la mar­gi­na­li­dad por parte de la mayo­ría de la pobla­ción, que por supuesto es esbelta y, gra­cias a ello, no tiene nin­gún problema.

¿Es esto exa­ge­rado? Puede ser. Pero es cierto que desde hace déca­das los kilos de más no están bien vis­tos y que las per­so­nas gor­das sue­len ser el blanco de casi todas las bur­las desde la niñez. Así lo cuenta el pro­ta­go­nista de El mar­ti­rio del obeso, quien debido a su gor­dura ha reci­bido insul­tos, motes ridícu­los y bro­mas durante toda su vida.

Pero tam­bién, gra­cias a sus gran­des mofle­tes y a su oronda figura, se ha visto social­mente rele­gado a un segundo plano en el que es con­si­de­rado afa­ble y diver­tido por natu­ra­leza (como si los kilos sobran­tes le impi­die­ran enfa­darse o ser des­agra­da­ble con otras per­so­nas), así como inca­paz de sen­tir inte­rés por el sexo o de des­per­tar el amor de una mujer (a menos que ésta tam­bién esté gorda o sea fea. En ese caso, puede obrarse el milagro).

En esta obra (que mere­ció el pre­mio Gon­court en 1922, que fue lle­vada al cine en 1933 y que la edi­to­rial Tropo ha tenido la buena idea de res­ca­tar del olvido), el obeso pro­ta­go­nista tiene la mala suerte de enamo­rarse de una bellí­sima mujer que lo arras­tra por media Europa y parte de África en un intento de ale­jarse de su marido, tras des­cu­brir a éste en plena infi­de­li­dad, y que lo ve no como a un buen amigo (que ya sería bas­tante malo), sino como a su “buen gordo”, lo que frena cons­tan­te­mente los deseos de él de dar un paso más en su relación.

En esta obra, sin embargo, el autor no se limita a narrar las des­ven­tu­ras de su pro­ta­go­nista, sino que, con gran­des dosis de humor e iro­nía (resul­tan espe­cial­mente hila­ran­tes la cena en el Club de los 100 kilos o la visita al Capi­to­lio romano), tam­bién rea­liza un deta­llado aná­li­sis del amor y de la mar­gi­na­li­dad que pro­voca la gor­dura y que lamen­ta­ble­mente sigue vigente casi un siglo des­pués de la publi­ca­ción de esta obra.

Pero quien vea en esta novela un libro que sólo habla del (des)amor y de la tira­nía de la del­ga­dez se equi­voca. El mar­ti­rio del obeso es, a pesar de su bre­ve­dad, todo un ejer­ci­cio de buena lite­ra­tura en la que la gran sen­si­bi­li­dad de la que hace gala su pro­ta­go­nista y narra­dor, y su estilo, carac­te­ri­zado por una extra­or­di­na­ria riqueza léxica, con­for­man una obra sin duda mere­ce­dora del galar­dón reci­bido y de un sitio de honor en nues­tras bibliotecas.

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