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Intolerancia: ¿causa de obesidad?

Intolerancia: ¿causa de obesidad? El mundo de las dietas es un laberinto de creencias, suposiciones y especulación. La desesperación por perder kilos trae consigo la cerrazón y muchas veces la falta de lógica. Desgraciadamente hay dietas que te hacen creer que con un solo cambio de hábito puedes obtener el cuerpo que buscas. La realidad es otra. Sólo el conjunto de adaptaciones en las tradiciones logran este objetivo. En el caso de la dieta no hay singular, sólo binomios.

Muchos de nosotros emprendemos una vida sana sin la necesidad de acudir con un especialista. Por eso me molesta encontrarme con dietas intransigentes que prometen llevarte al peso que buscas con tan sólo eliminar un producto de tu dieta. Porque este tipo de medidas son sólo necesarias en el caso de la intolerancia. No porque Miley Cyrus sea intolerante al gluten y haya tenido que adaptar su vida a este padecimiento para sentirse bien, ya a todos nos va a funcionar su cambio de hábito. Porque utilizar una afección para curar un mal hábito queda fuera de lugar, a menos de que sea tu caso. Desgraciadamente, esta forma de vida ha sido adaptada por especialistas para gente que no sufre de intolerancia, con el afán de bajarlos de peso… una idea fraudulenta que carece de evidencia científica. Reitero: no existe un solo estudio que relacione las intolerancias alimentarias con la obesidad.

Las dietas que se basan en detectar intolerancias alimentarias para adelgazar señalan, en líneas generales, que los alimentos incompatibles con el organismo de una persona pueden ser los responsables de esos kilos de más. Concuerdo con que una intolerancia puede llevar inflamaciones muy molestas, pero jamás a un sobrepeso. Créanme que restringir o suprimir alimentos de tu dieta puede ser perjudicial para la salud.

Esta dieta ha conseguido su clímax porque la obesidad es hoy una epidemia. Entonces todos vivimos en la eterna búsqueda del régimen perfecto… de esperanza. Y esto seguirá pasando hasta que logremos entender que el control de peso depende de los hábitos, no de lo que comas o dejes de comer. Porque al final del día no es lo mismo comerte un chocolate, que tener el hábito de comer un chocolate después de comer. Porque el primero no engorda y el segundo sí.

La ciencia no ha podido demostrar relación alguna entre las intolerancias alimentarias y la obesidad. Sin embargo, padecerla es realmente molesto. En su caso, debemos ir con un profesional porque no todas las intolerancias alimentarias son iguales. Todas tendrán diferente tratamiento. Pueden deberse a un problema anatómico en el aparato digestivo o una dificultad concreta para metabolizar algún nutriente por una alteración enzimática. El caso más común es la intolerancia a la lactosa y a las proteínas de la vaca, al huevo o al pescado. La mala absorción del intestino provoca un terrible dolor abdominal que puede terminar en vómitos. Como pueden ver, nada tiene que ver con la obesidad.

La obesidad o el sobrepeso requieren de un tratamiento diferente. Y sí, se debe tratar a tiempo, porque este trastorno deriva en un sinfín de enfermedades comprobadas por la ciencia. Además de colesterol, triglicéridos, infartos, diabetes, Alzheimer, osteoporosis, cáncer… padecimientos con los cuales puedes vivir a un precio muy caro.

Hoy en día no sé cuanto valga la pena jugar a “estar a dieta”, porque el cuerpo no funciona a base de privaciones. Ya no se trata de someterse a semanas de menús equilibrados para luego retomar la “buena vida”, sino de adquirir hábitos. Así, acostumbrarnos a comer de cierta forma. Lograr que nuestro paladar y antojos giren en torno a una selección inteligente. Al principio habrá que controlar, cambiar el refresco por el agua o las papas por la ensalada. Tras la constancia, la costumbre. Llegará el día cuando esa elección será automática y el antojo también. No serán unas papas, sino unas jícamas. No será una hamburguesa, sino un pescado al limón. Te darás cuenta de que te relaja más el ejercicio que el alcohol. Y también notarás que estás en un peso increíble. Llega un momento cuando la voluntad deja de serlo porque se hace estilo.

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