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Gordura programada

Gordura programada Aproximadamente el 60% de la población del mundo desarrollado y los que copiamos el modelo de comida norteamericano experimentan sobrepeso, y hasta la mitad, obesidad mórbida; es decir, gordura que mata. Dicha enfermedad generalizada está asociada con la diabetes t2, y en especial con la mayor parte de las enfermedades cardiovasculares; el 70% de las personas que siguen esa dieta mueren prematuramente por alguna de las complicaciones del Síndrome Metabólico. ¿Qué está pasando? ¿Cómo puede ser que esta generación del mundo rico pueda llegar a vivir cinco años menos que sus padres?

La culpa la comparte el Dr. Keys, un nutricionista de los años cuarenta, que con una gráfica falseada catequizó al Congreso norteamericano (Mac Govern acabó matando hasta hoy muchísima más gente que Hitler, Stalin o Drácula). Se convencieron de que había una relación entre el colesterol en la sangre y la muerte cardiovascular. Una gráfica de seis países, de Japón a EEUU, que “demostraba” esa relación. Nos prohibieron así los huevos, el coco, la carne y la manteca, y nos redirigieron hacia los carbohidratos refinados: arroz, pan blanco, papa, caramelos, tortas y refrescos dulces.

Sólo hasta ahora venimos a descubrir que la gordura no es un resultado de la primera ley de la termodinámica: aumento de peso = calorías que comemos – calorías que gastamos; sino de la evidencia de que la insulina exacerbada por las harinas refinadas y los azúcares determina la acumulación bioquímica de moléculas insolubles de manteca en las células grasosas del cuerpo. Mientras tanto, abandonamos los alimentos ancestrales como la quinua, la cebada, las habas o las lentejas, carbohidratos complejos de miles de glucósidos que la ciencia moderna que nutre las farmacéuticas y el mundo médico considera ahora como indigeribles, cuando precisamente son capaces de proveer una fuente continua de energía (glucosa intestinal, que no engorda); se alimentaron así nuestros padres y abuelos, sin que se convirtieran en esos monstruos enfermizos que vemos por doquier. Algún colesterol sí era eventualmente malo, por estar distorsionado por la nutrición oficial gringa, pero el denso es sanísimo, buena parte del liviano es la materia prima para fabricar las membranas de las células, los anticuerpos y las hormonas, y sólo una pequeña fracción, el colesterol liviano de bajo peso molecular, demostró ser realmente nocivo. Ese es el colesterol perverso de la marraqueta y la melaza de maíz de los refrescos, no el del chicharrón. En promedio, el estadounidense consume 64 libras de melaza anuales que precipitan tsunamis de insulina mortal. Comamos variado: verduras, carne, carbohidratos ancestrales y pocos refinados y viviremos mucho más, El ejercicio es muy sano, pero… ¡no adelgaza!

Lea la noticia completa en La Razón (Bolivia)
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